La crisis del ébola ha dado mucho que hablar, ha hecho saltar muchas alarmas y, sin duda, provocó una auténtica crisis social en España (recordemos que sigue atacando África Occidental). Crisis que, por cierto, merecería ser estudiada con detenimiento: ¿por qué se le ha dado bombo a esta enfermedad y no otras como a la legionela cuando ésta se ha cobrado 10 muertes (8 más que el ébola)? ¿Es acaso porque es una enfermedad de negritos (como diría Mariló Montero)? ¿Acaso nos asustan las enfermedades que vienen desde más allá del Sahara? Quién sabe. Merece análisis, pero éste no es el foro para hacerlo (lanzo el guante).

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Más allá de esta crítica respecto a la mediatización de los temas y su influencia en nosotros (el rebaño), el ébola es una enfermedad gravísima. Lo es, además, porque afecta a determinados sectores como los más desprotegidos (económicamente hablando) y a los/as que arriesgan su integridad por ayudarlos: las comunidades (tribales o no) de las zonas afectadas y los servicios de ayuda, los otros olvidados. Personas que en momentos de crisis no huyen, sino que se ponen al frente y se exponen. Valientes, molt honorables, verdaderamente admirables. Una de estas personas es la hermana Paciencia Melgar, a quien dedico estas palabras.

Al margen de politólogo, me considero activista político. Activismo que desarrollo principalmente en el Grupo Federal Afrosocialista. Gracias a él puedo decir que vi a esa persona a la que, sin dudarlo, pondría en el más alto de los escalafones de bondad humana: a Paciencia (escalafón que no le pertenece en exclusiva, pero del que, sin duda, no puedo excluirla). Fue el pasado jueves. Una reunión corta, pero intensa:

Quedamos a mediodía. Era un encuentro importante, por lo que fuimos a una sala para la ocasión. Allí la recibimos. Al verla me di cuenta de que tenía algo que me gustaba: su sonrisa; una sonrisa contra el ébola.

Como sabéis, la hermana Paciencia ha hecho lo que también han hecho otros antes: donar su plasma con el objetivo de poder curar a otras personas infectadas. “Seguiré donando mientras se necesite”– nos dijo. Pero hay algo que la hace especial. Algo que es necesario conocer para poner en valor un gesto que, sin duda, es ya de por sí valioso: Paciencia miró a los ojos de la muerte, tendió la mano a España y esta se la retiró. Lo hizo como el que niega la dignidad a un mendigo: sin sentimiento, sin pudor, fríamente, sin humanidad…

Pese a verse en el vacío, sola y sin ayuda, venció a la enfermedad y así salvó la vida. Milagrosamente, ya que son pocos los que en su situación lo hubiesen conseguido. ¿Gracias a Dios? Solo ella y su fe lo saben. Lo llamativo y digno de reconocer es que alguien que a punto estuvo de caer al vacío de la muerte tras ver cómo se le negaba la ayuda, una vez recuperada realiza un acto de perdón sincero.

Ha sido para mí –en definitiva– todo un honor poder conocer y charlar con alguien capaz de dar una lección inolvidable de humanidad a España y a su Gobierno. A Rajoy, a Mato, Margallo y a todo aquel que medió para decidir que la vida de la hermana no era lo suficientemente importante como para salvarla. ¡Y vaya lección!

Paciencia Melgar no es alta, pero es grande. Lo es su sonrisa y lo son sus gestos; lo son su bondad y compromiso. Un compromiso que no es con un partido político, ni con una ideología o ni tan siquiera con una causa específica; su compromiso se debe a lo más grande –y a la vez peligroso– que el mundo tiene: las personas.

Fernando Ntutumu Sanchis (@ntutumu)

Politólogo y activista político

Diario Rombe
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