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JF Siale Djangany. Jurista y escritor

¡Este es mi patio! ¡Yo respondo de tu muerte! Esta sentencia me sacó de la cama. En ese preciso momento, la 1.30am del veintiséis de agosto de 2014, realicé que una vida corría peligro. No sé si vine ayer a Bata para vivir aquella atrocidad, o vine por razones profesionales. Esta tarde cuando escribo este relato, todo está confuso en mí, y una pesada amargura invade mis dedos al frotar el teclado. Siguen resonando en mis tímpanos los gritos primero estridentes, y más tarde guturales, de Emmanuel Takang Eyong, un joven cameroonian (según consta en su pasaporte), nacido en febrero de 1988 en la ciudad de Duala, su ciudad Makossa.

El sereno me dijo que habían atrapado a un ladrón, ¡por ahí!, ¡detrás de la muralla! Salí en pijamas, abrí el portal y bajé por el sendero que va de nuestro solar a las viviendas del vecindario por el lado norte. Escuchaba voces, hablando en su lengua natural. Otras expresiones aisladas entendía en español: ¡habla!, ¡habla!, ¿así quieres morir sin decir la verdad? Me crucé con un vecino, un buen hombre al que todos llaman Chicô. A mi pregunta, me respondió: “les he dicho que no hagan eso, pero no me han escuchado”.

Era la palabra clave, eso, aunque en ese preciso momento no la asimilé. Seguí caminando. Llegué a la pendiente que lleva a la vivienda de los vecinos. Era una muchedumbre desubicada en la urbe, que había llegado hace pocos años con sus complejos y sus pecados a cuestas, no dejando nada en la aldea salvo su último balbuceo de humanidad. Viven su vida a base de peleas, gritos y alto decibelio nocturno.  A veces arman batallas campales familiares, donde los varones golpean a las hembras y éstas les rompen el cogote a base de botellazos. Estos recuerdos transitaban en mí cuando en la penumbra, vi esa escena dantesca. Eyong estaba atado de pies y manos al tronco de un guayabo. Sentado y desnudado. Con toda la espina dorsal, las cervicales, los riñones y las costillas expuestas. De tal suerte que le fuera imposible cubrirse de los golpes. Una atadura de profesionales. Dos gallardos con los ojos inyectados de sangre, armados de cables de acero forrados de goma, lo estaban destrozando. ¡Yo responderé de tu muerte! Gritaba la misma mujer cuya voz me hizo salir de casa. Hibris en estado puro.  Otros vecinos estaban por ahí, ganduleando, animando la masacre. Algunas mujeres habían traído sillas, y sentadas, no se perdían de vista el espectáculo, tal cual Atea, aquella diosa de la fatalidad. Un colgado de lo etílico de nombre N’Koha, correado por otro barrigón descamisado, llevaban la voz cantante. Dos hombres portaban botellas de agua fría que iban echando sobre el cuerpo del supliciado.

Un trabajo de expertos. No eran noveles en la maña. Eso resultaba obvio. Me encaré con el tal N’Koha y con el otro voz cantante. Dijeron que ellos arreglaban así sus asuntos. “La policía no tiene nada que ver, ¡nosotros lo resolveremos!” El sentimiento de impunidad en su máxima expresión. En ese momento comprendí el sentido de “eso”. Reflexioné sobre La otra enmienda, aquel artículo que publiqué en la Revista Fundación Sur en enero de este año.

Me alejé de ahí, tomé el teléfono que llevaba en el bolsillo del pijama y marqué. Llamé a varias autoridades. En quince o veinte minutos una brigada de agentes del orden llegó a Covadonga, que está a tiro de piedra del Obispado de Bata. Eran las dos de la madrugada. Deseaba todavía poder salvarle la vida a ese muchacho. Al momento de arribar de nuevo al lugar, Eyong estaba exhausto. Había caído de espaldas, si bien seguía sujetado al tronco. Respiraba penosamente. Uno de los policías mandó que le soltaran las ligaduras. Entonces ocurrió aquello que nos cuesta creer aunque lo tuviéramos presente, a pesar de que la televisión nos lo trajera machaconamente al chaiselongue del salón. ¡Levanta! Gritó el jefe de la brigada policial después de intercambiar unas palabras en su dialecto con los autores de aquella abominable tortura. ¡Levántate, nos vamos! ¡No bromees conmigo o les digo que te den otra paliza! Eyong soltó un inaudible “no puedo”. ¡Levántate!, le dio una patadita en el muslo un agente del orden. En un último esfuerzo sobrehumano, se agarró al tronco, enderezó el busto, intentó levantar la cabeza que consiguió apenas, forzó al máximo, soltó un estertor bucal  y se levantó.

Mantuvo la respiración, como intentando pensar en algo que ya no será, en su Duala natal, en sus sueños de juventud, en su familia que lo esperaba regresar como un héroe, se apartó del árbol para dar un paso. Se cayó como si le hubieran cortado los pies, dándose con la sien izquierda contra el suelo. Fue un sonido cárnico que desgarraba el alma. Como la implosión de un Eldorado. Algunos soltaron una ligera risotada. ¡Camina!, ¡arrástrate! Le encomiaba uno de los agentes del orden. ¡Arrástrate hasta el furgón de la policía!

Esta mañana, el vecino Chicô me dijo con tristeza en la voz, que Emmanuel Takang Eyong había fallecido en el hospital de Bata. Takang Eyong, me reveló el vecino, llevaba más de un año viviendo en Covadonga, inquilino de aquellos que lo torturaron y mataron con ensañamiento. Horas más tarde me entrevisté con la secretaria y el adjunto del Cónsul camerunés en Bata, que pasaron a verme en el hotel donde acostumbro a sentarme y escribir algunas líneas cuando estoy en la ciudad continental. Me entregaron una copia del pasaporte de Eyong, y me revelaron la historia oficial que les contaron aquella mañana en Comisaría: Por la noche, en el Barrio Covadonga, una mujer sorprendió a un ladrón en su casa, salió gritando, pidiendo socorro. Entonces el pueblo guineano acudió en masa  y,  sin esperar la llegada de  los agentes del orden, linchó al peligroso ladrón.

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Eurípides decía, que «Aquel a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco.» Han pasado años ya desde aquel abominable crimen, y estamos en el 2019, es Navidad. Los hijos de aquellos que torturaron y mataron a Eyong se han vuelto algunos drogadictos, otras putas sifílicas lowcost, éstos dementes de mercado y aquellos afectados de noma y purgación crónica. N’Koha se ha alistado al ejército, y ha sido destinado en un pequeño puesto sito en un suburbio de la ciudad. Su hermana, la que dijo responder de la muerte de Eyong y que padeció después de cáncer del útero sin haber respondido de dicho asesinato, murió en una orgía protagonizada por sidóticos y enfermos del ébola. Un día está sentado N’Koha, haciendo el turno de vigilancia. De repente siente un chorro témpano recorrerle la espina dorsal. En sus oídos resuena el grito de alguien que está sufriendo. Piensa en Eyong, mas aparta el recuerdo de un manotazo. Pero le tiemblan las manos y le alberga ese miedo pertinaz. Su corazón palpita raramente. Un súbito calor se eleva desde sus pies. Es fiebre. Tiene fiebre. La siente en su pecho, en la garganta y en la cabeza. Parece que se le estallará la tapa de los sesos. Entonces oye voces, escucha cosas raras, instrucciones diabólicas,  resuenan los llantos y estertores de Eyong. N’Koha desenfunda el arma ante la sorpresa de sus compañeros que instintivamente han llevado la mano a la funda. Martilla. Los demás se aterran y reculan. El soldado se coloca el cañón en la sien. El boquete está frío. Se pega un tiro a bocajarro, un chorro caliente de metal y pólvora le atraviesa la sien. Su cuerpo al chocar contra el suelo produce el mismo sonido que el de Emmanuel Takang Eyong desplomándose en Covadonga. Así concluye N’Koha su Némesis ficticia. Pero en realidad, ¿habrá Némesis?  Porque ahora que estoy escribiendo esta crónica, todos los autores están en su casa. He ahí la despenalización de la tortura, ese ignominioso crimen contra la humanidad, imprescriptible en sus rancios días de gloria. La aceptación del asesinato y del linchamiento como actos del buen ciudadano, del ciudadano que lucha contra el crimen, pero a lo ecuacutrestyle.  

Emmanuel Takang Eyong, espero que ahí donde estés, puedas perdonarme si no pude salvarte la vida, que el Señor te acoja en Su Morada. Descansa en paz. Esos satánicos. Aquellos bárbaros del Medioevo, esos colgados de sangre ajena, esos imbuidos de malquerencia e impunidad, decidieron no darte la oportunidad que se merece todo joven. No vayas con el corazón cargado de odio. Busca serenamente tu sendero hacia la eternidad, y reúnete con tus ancestros. RIP.

JF Siale Djangany. Jurista y escritor.

Publicado en Bata, 26 de agosto de 2014

Diario Rombe
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2 Comentarios to: CÓMO SER EYONG Y MORIR EN COVADONGA

  1. Pedro

    septiembre 12, 2014

    Para una paz duradera, y de reconciliación nacional en Guinea Ecuatorial, como abogan algunos exiliados políticos; primeramente el pueblo debería buscar el perdón de Dios, por el crimen (de todo tipo) cometido por algunos ecuatoguineanos contra la humanidad. Primero, contra sus propias compatriotas, y segundo, contra los extranjeros que cuyas sangre clama al Creador diariamente. En Guinea Ecuatorial, el término de ‘extranjero’ es considerado sinónimo de ‘enemigo’. ¡Basta ya!, es hora de buscar un PERDÓN colectivo de Dios para nuestra nación.

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  2. Ramiro

    septiembre 12, 2014

    Su relato me ha conmovido. ¡Qué lejos están en Guinea de ser una democracia, con un Estado de Derecho que funcione!
    Como jurista, le felicito. Ha cumplido usted con el deber ético de intentar que los derechos humanos se respeten en todas partes, y en cualquier situación, aunque a veces no lo consigamos…

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