En Ebibeyín (Guinea Ecuatorial) las chabolas se multiplican al borde de caminos sin asfaltar y de carreteras que parecen señalar que no es un pueblo cualquiera, sino una de las ciudades más grandes del país.

La mayoría de la población carece de agua corriente y la luz eléctrica se corta casi todos los días a las 5 de la tarde. El agua caliente no existe y aparatos como una nevera son un lujo al alcance de unos pocos privilegiados.

Los niños no tienen juguetes comprados en grandes almacenes. Con unos palos y unas latas crean horas de diversión. El colegio es un sueño para muchos y la sanidad algo inalcanzable. Y sin embargo, son felices.

En España consideramos todas estas cosas como elementos necesarios, casi imprescindibles para vivir. No concebimos vivir sin una ducha de agua caliente, abrir el grifo y no poder beber, tener que iluminar con velas la cena o no consumir una bebida fría los días de mucho calor. Nos parece imposible que alguien pueda sobrevivir sin ello. Y lo hacen.

Cuando te ves obligado a prescindir de tantas cosas comprendes que hemos convertido en necesidades cosas que solo son lujos. Cuando te despojas de lo accesorio aprendes a apreciar lo importante.

Un día pasamos a casa de una mujer anciana enferma de tuberculosis que vivía sola. Sobre el suelo de barro había una tabla de madera que utilizaba como cama. Y nada más. Miramos los rosarios de plástico que llevábamos para regalar y pensamos que nadie en su situación podría aceptar con alegría un presente así. La mujer se puso a llorar de la emoción y nos dijo: “Me habéis traído lo más importante que podías traerme. La comida se gasta y si te cura un médico vuelves a enfermar. Vosotros me dais el amor de Cristo. Eso es lo que cuenta”.

Buscamos la alegría dónde no está. Todos deberíamos mirar a la cara, alguna vez en nuestra vida, a un niño africano para comprender, de una vez, que no hace falta poseer cosas para encontrar la verdadera felicidad.

Fuente:mirada21

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