La gente está harta, pero muy lamentablemente tiene miedo. Está muy harta de la soberbia que despliegan los funcionarios públicos, pero tiene miedo de expresarlo. Está harta de observar cómo los funcionarios públicos despilfarran los fondos del Estado, en beneficio propio y de sus familias, pero no se anima a reclamar; tampoco tiene un interlocutor válido. La ciudadanía está harta de que se le prohíba participar de las decisiones políticas. Es por eso que son siempre los mismos, por reelección o por rotación de cargos públicos.

La gente observa con nauseas a los alcahuetes, mansos y obedientes, que están dispuestos, desde la función pública, a respaldar cualquier incongruencia gubernamental. Los ciudadanos están hartos de ver cómo los electos diputados no renuncia a sus cargos de intendentes, sino que tan sólo solicitan licencia. Y están hartos de ver cómo los Consejos Deliberantes otorgan a ciegas, y de manera sumisa, las mentadas licencias.

Situaciones como éstas pueden pasar inadvertidas para algunas personas o causar un leve malestar en otras. Sin embargo, pueden llegar a ser paralizantes para aquellos que padecen alguno de los tantos tipos de fobia. Las causas de estos trastornos son variadas e involucran factores biológicos, psíquicos, históricos y ambientales del individuo. Son fobias sociales. Es el temor a ser evaluado negativamente por los demás, problemas para interactuar con el otro, hablar en público o relacionarse con personas desconocidas, y defender sus derechos.

De todo esto, los hombres y las mujeres, están hartos, pero subrayamos que aún tienen miedo. Por eso hay muchos que no hablan ni escriben. Pero se sienten representados por los comunicadores sociales que dicen lo que ellos piensan, pero no se animan a manifestarlo. Con eso no alcanza. En este marco las dificultades en el acceso a la Justicia, tiene mucha relevancia.

Las formas y maneras de desviar una investigación judicial son infinitas. Algunas mañas son burdas, groseras, torpes y hasta rústicas y pueden ser advertidas fácilmente por cualquier estudiante de abogacía. En otras causas judiciales, la astucia malvada de los investigadores aparece de una manera más solapada, oculta, disimulada y reservada.

En este punto hablamos de astucia, y no de inteligencia. Las desviaciones investigativas en materia criminal son propias de los funcionarios judiciales que obran de mala fe. Por supuesto que los motivos y las razones que generan semejante escenario son múltiples. Las causas pueden ser dinerarias, pedidos del poder político, presiones de los otros poderes, pago de facturas en cuestiones de favores recibidos, y
en muy pocas ocasiones por razones de amistad.

En este marco es posible que, en el marco de un homicidio ocurrido en las mediaciones de un estado de fútbol, y en al término de un partido, el investigados judicial o policial procure buscar y encontrar testigos presenciales del hecho en personas que claramente no se encontraban ni siquiera cerca del lugar del delito.

Esta búsqueda de testigos puede demandar varios meses de trabajo estéril. Desde ya que la determinación entre elementos de prueba útiles e inútiles queda constituida, la mayoría de las veces, en medio de una línea gris y muy delgada.

Sin embargo la distracción de la investigación suele ser el mejor camino hacia la prescripción de la acción penal, que en caso todos los casos va de la mano con la impunidad del autor del delito, es decir del delincuente. En estos casos ya no se trata de la consuetudinaria demora y morosidad judicial, sino de un temperamento propio de corrupción investigativa.

Dr. Hugo Lopez Carribero
Corresponsal en Buenos Aires
Diario Rombe

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