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África y Democracia: líquidos miscibles

África y Democracia: líquidos miscibles

Por: Sir Lucky Dube

CIUDADANO Y COMUNICADOR

“Democracy is not something you put away for ten years, and then in the 11th year you wake up and start practicing again. We have to begin to learn to rule ourselves again”. –Chinua Achebe.

A los chavales de 13 o 15 años, en el instituto, les enseñan que allá por el siglo V a. C. un griego con barba, de nombre Pericles, fundó algo llamado Democracia, y que lo definió como el sistema político que permite la participación de los ciudadanos en el gobierno. Más de dos milenios después un yankee con barba, Abraham Lincoln, en un discurso pronunciado en Gettysburg (Pennsylvania) dijo que la democracia era «el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo». Luego, al cabo de muchas décadas y con un toque ironía y sarcasmo, el viejo Churchill –que no tenía barba– dejó dicho que «descartados todos los demás, la democracia es el peor de los sistemas políticos»… El caso es que definiciones de democracia hay tantas como autores de libros sobre democracia. Pero jamás he leído ni oído hablar de la democracia como un concepto aplicable únicamente a algunos países o personas en función de sus tradiciones, costumbres o localización geográfica. Igual el problema es que no he leído lo suficiente. Mea máximum culpa.

Definiciones aparte, no son pocos los que sostienen la teoría de que la democracia no es un sistema político aplicable o adaptable a África porque, según afirman los que son de esa opinión, se trata de una forma de gobierno incompatible con las tradiciones, principios y valores africanos. Esa supuesta incompatibilidad –entre África y la democracia– es atribuida por algunos al hecho de que clanes, etnias o tribus siguen siendo la base de nuestra convivencia, y en buena medida, también de nuestra forma de gobernar o de entender la gobernanza. En la misma línea, otro argumento presentado es el androcentrismo que permite a los hombres mayores de las tribus detentar el poder autocráticamente, en menoscabo de los derechos de mujeres y jóvenes. Hay, también, quien afirma que el concepto de Nación no ha sido lo suficientemente asimilado por los africanos… Pero, a nivel personal, el argumento que más tristeza y pesadumbre me ha causado ha sido la utilización, como ejemplo, del Genocidio de Ruanda en abril del ’94, por parte de un compatriota, Constantino Nguema Mansogo, con quien no tengo la menor intención de polemizar, aunque sí de confrontar ideas.c185885f-578b-4a7f-8de6-bb834acc5bab

En efecto, el conflicto entre hutus y tutsis fue de índole tribal, pero la justicia y la verdad nos conminan a ser más rigurosos y, por tanto, a profundizar en las causas de lo que fue uno de los episodios más trágicos de la historia poscolonial de nuestro continente. A título de ejemplo y sólo por mentar una causa: En Ruanda, igual que ocurrió en toda África, la potencia colonial –Bélgica, en este caso– implementó métodos de control y dominación consistentes en establecer, agudizar y exagerar notables diferencias de clase entre los colonizados, de forma que una élite minoritaria, que en Ruanda fueron los tutsis, gozaban de unos privilegios que le eran negados a la inmensa mayoría de la población colonizada. Obviamente, éste hecho no justifica, en modo alguno, que los hutus masacraran tan vilmente a los tutsis, pero, como he dicho antes, es necesario profundizar en las causas para entender éste y otros problemas que hemos tenido y seguimos teniendo en nuestra Patria Grande. En ese sentido, creo que utilizar como ejemplo lo que sucedió en Ruanda presentándolo como una prueba fehaciente de nuestra incompatibilidad con la democracia es, cuando menos, errar en el mensaje tergiversando la historia. Lo cual, a su vez, considero un error de siderales proporciones.

A estas alturas de la película ya no debería extrañarnos que en occidente, casi siempre, se hable de África con unos prejuicios, una doble moral y una profunda ignorancia, a menudo intencionada, acerca lo que sucede en África y de las causas que producen esos sucesos. Lo realmente lamentable y peligroso, en mi opinión, es ver a africanos nacidos y criados en África abordar temas tan sensibles sobre nuestro continente sin el rigor necesario. Decir que África es incompatible con la democracia porque los valores democráticos no casan con los valores y principios africanos, es casi tanto como admitir que los destrozos causados por las dictaduras africanas sí que forman parte de las costumbres y tradiciones africanas. Sostener que África y democracia son líquidos no miscibles es aceptar, de facto, que la corrupción, el latrocinio o la violación sistemática de los derechos humanos sí que son patrimonio cultural africano. Incluso, la mera insinuación de que, debido a nuestras culturas, África no es democratizable, encierra, implícitamente, una cierta disculpa a los dictadores que detentan el poder en África, pues les brinda el abrigo de nuestras propias costumbres y tradiciones como la justificación perfecta a todas las atrocidades que cometen. Como comprenderán, de ningún modo puedo admitir como cierto ninguno de estos supuestos.  

Nada hay como el pasado para ayudarnos a entender el presente. Partiendo de esa premisa, hagamos algo de historia en aras de arrojar algo de luz al asunto. Los Estados Unidos de Norteamérica están considerados como la democracia más antigua del mundo, y son muchos, también, los que lo sitúan como el país más vanguardista en ese sentido. Sin embargo, la Constitución de Estados Unidos no fundó una democracia que realmente mereciera ese nombre, al menos no de acuerdo a los criterios actuales. Fue leída –la constitución americana– por primera vez en Philadelphia el 4 de Julio de 1776. Pero días antes de su publicación, el Congreso suprimió los pasajes que censuraban el comercio de esclavos. El documento final aprobado por las cortes americanas sólo concedía el estatus de ciudadanos a hombres blancos, adultos y con propiedades. Por lo que quedaban excluidas las mujeres, los hombres blancos sin ingresos o propiedades y, por descontado, los negros, que, por entonces, eran esclavos, ergo propiedades. La Declaración de Independencia provocó la Guerra de la Independencia. Gran Bretaña no veía con buenos ojos que sus trece colonias en América se convirtieran en una nación libre e independiente de la corona británica. Gracias a haber combatido y vencido en esa guerra, los hombres blancos de los estados del norte rápidamente accedieron a todos sus derechos independientemente de sus propiedades e ingresos, incluyendo el derecho a voto. Para los hombres blancos de los estados del sur ese proceso fue más gradual.

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La Constitución americana no prohibió expresamente la esclavitud y la servidumbre involuntaria hasta el febrero de 1865, ochenta y nueve años después de la Declaración de Independencia. Aun así, los negros tuvieron que esperar cinco años más, hasta febrero de 1870, para que la Constitución les reconociera el derecho a voto. Y cuando, por fin, parecía que los negros iban a ser ciudadanos de pleno derecho, principalmente en el sur, aparecieron las leyes de segregación racial, más conocidas como leyes Jim Crow, que devolvían a las personas de raza negra a un estado de opresión amparado por la ley. Por su parte, la mayoría de las mujeres y los indios nativos americanos consiguieron el sufragio –o de derecho a voto– bien entrados los años ’20 del siglo pasado. Y finalmente, después de la 2ª Guerra Mundial, en los años 50 y 60, en los Estados Unidos se produjo un movimiento por los derechos civiles que acabó con las leyes Jim Crow y concedió a los negros el sufragio mediante la aprobación de la Ley de Derecho al Voto de 1965. Esa lucha fue liderada por organizaciones como los Black Panthers y figuras como Rosa Parks, Angela Davis, Martin L. King o Malcom X, entre muchos otros.

Otro de país situado a la vanguardia de la democracia es Francia, que fue una cosa antes de la Ilustración y  la Revolución Francesa, y después fue otra. Desde entonces ha tenido dos imperios, dos monarquías, una dictadura cliente de Hitler y, finalmente, desde Charles de Gaulle, una sucesión de gobiernos democráticos asentados en el marco de una república presidencialista. Por lo tanto, tampoco puede decirse que los franceses hayan tenido, en términos democráticos, una evolución sin sobresaltos. Por su parte, España tuvo siglos de dura inquisición eclesiástica y monarquías absolutistas, únicamente interrumpidas durante un año por la Primera República (1873-1874). Esas monarquías llegaron a su fin en1931, año en que se proclamó la Segunda República, que fue el primer régimen político democrático de España en toda su historia. A la Segunda República le sucedieron cuarenta años de dictadura franquista. Una vez muerto Franco, tres años de transición y advenimiento de la democracia. El nazismo alemán de Hitler o el fascismo italiano de Mussolini, ambos en occidente, también son ejemplos de cómo la democracia fracasó en países que hoy son democráticos.

En lo relativo a los principios y valores culturales, también existen varios ejemplos: En Latinoamérica, la dictadura de Pinochet en Chile, las dictaduras militares argentinas, la dictadura cívico-militar uruguaya, entre otras, han ido dejando sitio a democracias cada vez más consolidadas. Hoy Chile, Uruguay o Argentina son reconocidas democracias. En Asia, que culturalmente hablando, sería, quizá, el continente menos occidentalizado, tenemos a Japón y Corea del Sur como dos de las democracias más avanzadas del mundo, compartiendo, supongo, algunas costumbres y valores culturales con regímenes nada democráticos como China o Corea del Norte.

Este fugaz y superficial repaso a la historia de algunas de mayores democracias del mundo demuestra, o al menos eso pretende, que la democracia, allá donde ha triunfado, nunca ha encontrado fácil acomodo. Instaurar y, sobretodo, mantener un régimen democrático nunca fue tarea sencilla, en ningún lugar del mundo y en ningún periodo de la historia. Y si a los demás le ha costado, no tiene porqué ser distinto para África. Todos los ejemplos mentados, y muchos otros tantos, nos dicen que países con diferentes culturas, costumbres y tradiciones, en circunstancias diferentes y en diferentes periodos de la historia, después de mucho esfuerzo y sacrificio, finalmente, en mayor o en menor medida, han alcanzado la Libertad y la Democracia. Me niego a aceptar que nosotros no podemos. Me niego rotundamente.

Para explicar porqué no triunfa la democracia en África cabe recordar, sin caer en el victimismo, que seguimos resacosos de un colonialismo que, junto con la esclavitud que le precedió, nos despojó de nuestros mejores recursos humanos y materiales, además de lastrar significativamente la evolución natural de nuestras culturas. África, antes de la esclavitud y el colonialismo, ya contaba con sus propias estructuras de organización social. Ruanda, por ejemplo, desde mucho antes de que llegaran los belgas, ya tenía desarrollado un modelo judicial que recibe el nombre de «gacaca» (aunque se pronuncia ga-cha-cha); éste sistema es empleado, aún hoy, para juzgar a los enjuiciados por el genocidio del ’94. En África ya había médicos, hombres de ciencia o teorías políticas. Muchos faraones egipcios fueron negros africanos. Y como sucedía en otras partes, en África también se cometían muchas atrocidades que hoy consideraríamos inhumanas. Pero todo ese patrimonio cultural, con todos los defectos que tenía e igual que sucedió en el resto del mundo, pudo haber ido mejorando por la vía de la evolución. No sé decir dónde estaríamos a día de hoy, pero lo que es seguro es que ningún pueblo puede progresar fuera de su cultura. Y si queremos analizar nuestro continente con rigor, no podemos obviar todo eso.

Hace apenas medio siglo, el proceso de descolonización nos encontró en una especie de limbo cultural e identitario. Se nos había olvidado cómo ser africanos y tampoco terminamos de asimilar la idiosincrasia de los colonos occidentales. Estábamos en tierra de nadie. Ese páramo cultural e intelectual fue el caldo de cultivo perfecto para que germinaran dictaduras infames. Y en esas seguimos hasta hoy. Llegados a este punto, es fácil concluir que la principal causa del fracaso de la democracia en África son los dictadores que aún campan a sus anchas por todo el continente, en connivencia con un occidente –y ahora con China– que sigue mirando a África con ánimo explotador. Distinta forma pero mismo fondo… Esos dictadores, herederos de las estructuras de opresión colonial, despilfarran los recursos del continente; reproducen, en conciencia, la pobreza y la miseria; encarcelan, torturan y condenan a los disidentes; persiguen y atacan a la cultura, la lucidez y la erudición al tiempo que premian la mediocridad, la estupidez y la ignorancia; coartan la libertad de pensamiento, de expresión y de prensa. Y nada de eso es exclusivo de los valores o principios africanos. Los dictadores son la causa de que no triunfe la democracia, pero, también los propios africanos somos culpables, por sumisos y dóciles. También nosotros somos culpables por no ser capaces de encontrar la forma de ser libres y realmente independientes. Más o menos eso dice Chinua Achebe en la cita que encabeza el artículo: «La Democracia no es algo que puedas aparcar durante diez años, para empezar a practicarla de nuevo en el undécimo. Debemos empezar, nuevamente, a aprender a gobernarnos por nosotros mismos».

África y Democracia sí que se pueden mezclar, pero nosotros tenemos que poner de nuestra parte. Educación, cultura, esfuerzo, sacrificio, voluntad, activismo, lucha y determinación para acabar con las infames dictaduras bajo la bandera del verdadero panafricanismo.  No basta con desearlo. Hay que merecerlo.

 

Somewhere in South Africa

Sir Lucky Dube

¡One Love!

XVIII/XII/MMXV

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