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Querido hijo…

Querido hijo…

Por: Sir Lucky Dube

CIUDADANO Y COMUNICADOR

Querido hijo:

Escribo estas líneas por si no estoy ahí cuando hayas aprendido a leer o cuando te surjan las primeras dudas acerca de esto a lo que hemos convenido en llamar mundo: un todo del que somos todos parte. También te escribo porque quiero que sepas, al menos en parte y de forma superficial, lo que pensaba tu viejo en relación al mundo que le tocó vivir. La idea es que extraigas lo que te parezca útil y deseches lo que no. Al fin y al cabo, se trata sólo de mis opiniones, y éstas, como habrás aprendido, son siempre subjetivas.

 En el momento en que redacto esta carta el mundo es un lugar hostil, inhóspito y peligroso. En realidad siempre lo fue, sólo que ahora la mierda se esparce a mayor velocidad. Es como si tuviéramos prisa por destruirnos unos a otros. Verás, nunca antes la humanidad había contado con tantos recursos humanos y materiales como los que tiene en este momento de la historia: Ciencia, Tecnología, Artes, Filosofía, Letras, etc. Desde que tiene conciencia de sí, el hombre ha progresado de un modo realmente espectacular en casi todas las ramas del saber humano. Sin embargo, a pesar todos esos avances, no hemos aprendido cosas aparentemente elementales como empatía, respeto o solidaridad. No hemos aprendido, como dijo Martin L. King, el sencillo arte de convivir como hermanos. Muchas veces pienso que, quizá, el problema de fondo es que, en realidad, no somos hermanos. Al menos, no lo parece.

Te cuento. Es enero de 2016. Y ahora mismo, en el planeta vivimos unas 7300 millones de personas, de las que un 1% posee más riqueza que el 99% restante. Sólo 62 personas en el mundo acumulan más riqueza que una mitad de la población mundial junta. Sí, has leído bien, 62 individuos tienen más recursos económicos que el 50% de las personas que viven en este planeta, eso son más de 3600 millones de seres humanos. Todo eso sucede en un mundo donde 1 de cada 9 personas, es decir, más 810 millones de personas, se van a la cama con hambre todos los días. Y por culpa del hambre mueren, a diario, 40000 seres humanos. Un drama que se ceba, principalmente, con mujeres y niños. Casi la mitad de los niños que fallecen en el mundo a diario, mueren a causa del hambre. Para que te hagas una idea, el hambre mata a más gente que las guerras y el terrorismo juntos; siendo, éstas dos últimas, otras de nuestras mayores tragedias… Y por si te lo estás preguntando, la respuesta es no. La causa NO es la falta de recursos. De hecho; la FAO, que es la parte de las Naciones Unidas encargada de la Alimentación y la Agricultura, sostiene que la producción mundial de alimentos es más que suficiente para dar de comer a todos los seres humanos. Anualmente, nuestra capacidad productiva puede alimentar a 12000 millones de personas, eso es casi el doble de la población mundial. Dicho de otro modo, con la cantidad de alimentos que se producen en el mundo al año se puede acabar con la hambruna, no una sino dos veces. Por lo tanto, no faltan recursos. Falta voluntad política para reducir tanta desigualdad. Falta que los seres humanos finjamos, de vez en cuando, que somos seres humanos.

Hijo mío, asumo que a estas alturas, puesto que ya sabes leer, has desarrollado también cierto nivel de análisis y comprensión. Así que no voy a marearte con tantos datos numéricos. Sólo decirte que, igual que sucede con el hambre; las enfermedades; el analfabetismo y la educación; el acceso a agua potable; las guerras y el terrorismo; el racismo, la xenofobia y las diferencias de clase; la manipulación de los medios de comunicación; la deforestación, la contaminación, el calentamiento global y un montón de etcéteras son lacras e injusticias que mucha genteDear son sufre en muchas partes del mundo. Quiero que tengas eso presente y que seas sensible dolor ajeno. Eso es lo que te hace humano. También quiero que no seas ingenuo. Debes saber que ninguna de esas lacras son puntuales, sobrevenidas, inocentes o imprevistas. No son casualidades. Son, más bien, causalidades. Detrás de todas y cada una de ellas hay una intencionalidad política y económica. Hay rostros, nombres y apellidos. Personas que deciden, a conveniencia de sus intereses, que el mundo en que vivimos sea el lugar desapacible, hostil y peligroso que es. Una inhóspita pocilga. Un puto infierno… Lo siento mucho, pero así es como creo que son las cosas y así es como yo te las cuento.

Hablando un poco de nuestra casa. Como te he dicho, es enero de 2016. Y en mi país, que es el tuyo, gobierna el hijo un rufián y vulgar ladronzuelo. Un imbécil que hizo méritos para convertirse en el canalla que es hoy. Se llama Obiang y seguro que ya has oído hablar de él. De veras deseo que no te toque coexistir con semejante engendro, ni con nadie de su condición; al menos, no en nuestra Guinea. Aunque, honestamente, los acontecimientos no invitan al optimismo en ese respecto. Ese impresentable dedica sus ratos libres a interpretar el papel de Jefe de Estado: se pone el traje y sale en televisión hablando pausado, como si lo que dijera fuera producto de una mente racional y concienzuda. Nada más lejos de la realidad. Pero eso, como te digo, sólo lo hace en sus ratos libres. La mayor parte de su tiempo lo dedica a ejercer de infame y sanguinario dictador –lo cual se le da de fábula– mientras lidera una sectaria organización mafiosa que durante el día intenta disfrazar de formación política. Sus siglas son PDGE y la ‘D’ significa «dedocrático», porque sus miembros se eligen a dedo, dedazos de Obiang mediante. Por cierto, antes que Obiang, de Gran Jefe estuvo su tío Macías y entre los dos suman cerca de medio siglo destrozando el país en todos los niveles imaginables: instituciones, sociedad, familia, individuos, recursos, historia, costumbres, tradiciones, etc. Lo han pervertido todo absolutamente. Y para ello, en los últimos cuatro decenios, antes Macías y luego Obiang, han sabido irse rodeando de familiares, amigos y un sinfín de asquerosas sanguijuelas que ejercen de dóciles cortesanos y serviciales lacayos. Entre todos han expoliado y corrompido al pueblo guineano sin cortarse un pelo. Han matado, encarcelado, confinado, exiliado y torturado a todos los que han podido. Han privado a todo un pueblo de sus libertades y derechos más elementales. Y han conseguido, no sin nuestra colaboración, que seamos un pueblo sumiso, cerril y mediocre.

Es posible que percibas esta carta como un testimonio amargo producto de mi visión negativa y/o pesimista del mundo. Y en tal caso, puede que no te falte razón. Opino que a las cosas fáciles nos adaptamos de forma, más o menos, liviana; y es para la parte difícil de la vida que necesitamos estar prevenidos y, sobre todo, preparados. Esta carta pretende servir a ese propósito. Por otro lado, no te negaré que, últimamente, tengo muy mala opinión del ser humano y soy bastante pesimista respecto al futuro de nuestro país y, en general, del mundo. Pero en fin, decía Antonio Gramsci –a quien, entre muchos otros, espero que leas con gran avidez intelectual– que «el pesimismo es asunto de la inteligencia; y el optimismo, de la voluntad.» De todas formas, supongo que si ahora estoy aquí escribiendo esta carta es porque una parte de mí, probablemente mi parte optimista, todavía tiene esperanzas. Al menos, quiero pensar eso.

Realmente espero y deseo que el día que puedas leer esta carta estés viviendo en un país mejor. Donde la política sirva para que el pueblo sea más culto y, por ende, más libre. Un país sin exiliados ni presos de conciencia. Sin luchas ni bandos en el que vivamos como hermanos. Espero que vivas en un país donde se desarrolle la sanidad, la alimentación y la educación antes de construir campos de golf en Sipopo y ostentosos palacetes sin utilidad. Un país donde tu condición económica o la de tus padres no sea el mayor impedimento para que puedas estudiar y desarrollarte. Quiero que vivas en una nación donde tengamos derecho a equivocarnos sin que eso nos impida volver a levantarnos. Donde se trate como iguales a hombres y mujeres con independencia del sexo, religión, tendencia política u origen étnico. Y por todo eso quiero que te eduques y te intereses por la política. No hace falta que te dediques a ella si no quieres. Pero es fundamental que te intereses por ella y que tengas educación política. Porque como dice Bertolt Brecht, es en la política, o por su través,  donde se decide todo lo que condiciona nuestra vida.

Por otro lado, nuestro país –y muchos otros– sufre de un mal endémico del que muy poca gente se escapa. Es la absurda y mediocre necesidad de encasillar y de situar a la gente en una o en otra trinchera, porque somos un país de bandos. O, más bien, un país de barricadas. No entendemos la vida con adversarios sino con enemigos. Y a los enemigos no los queremos convencidos, ni siquiera vencidos. Los queremos callados, aniquilados y, a poder ser, rozando el exterminio. Por desgracia, esa profunda incultura, a menudo, nos ha hecho y nos hace enorgullecernos de entender el mundo sólo en blanco y negro. Nos hace vivir en un permanente «o conmigo, o contra mí.» Por eso te pongo en antecedentes, mucha gente te encontrarás que querrá hacerte cómplice de una u otra etiqueta y sólo de esa etiqueta en materia religiosa, política, ideológica, tribal o étnica. No lo permitas. Prescinde de cualquier fanatismo y abraza la cultura. Acércate a las personas con patriotismo cultural y a quienes crean en la cultura como la forma hacer mejores a su país y a sus congéneres. Acércate a quienes entiendan que un pueblo educado y culto es necesariamente un pueblo más libre y menos manipulable por fanatismos y sectarismos absurdos. Esa es mi recomendación y mi consejo. Te lo ruego encarecidamente. Nunca seas, bajo ningún concepto, rehén de ninguna ideología, creencia o religión. Porque ninguna ideología ni ninguna religión sirven para nada si no están apoyadas sobre un andamiaje sólido en términos de educación, cultura, memoria, criterio, principios o valores morales, y, sobre todo, la lealtad a un código personal propio. Sin estos elementos, como digo, las religiones, las ideologías o todas las corrientes similares no harán sino convertirte en un fanático y sectario seguidor de unas ideas heredadas y asumidas sin la menor reflexión o análisis. Lo cual, a su vez, te convertirá en un animal torpe y peligroso para ti mismo y para los que te rodeen.

La verdad es que en este momento de mi vida debo decir, en honor a la verdad, que a mí todavía me quedan muchas cosas que aprender para ser un ser humano más maduro y completo. Y en esa empresa empeño buena parte de mi tiempo. Busco maestros a los que respetar y de los que aprender. Trato de rodearme de amigos que me aporten cosas positivas: valoro mucho, por ejemplo, una conversación interesante en alguna terraza y con alguna cerveza. También trato, cuando puedo, de aprovecharme de las personas mayores que tienen a bien dialogar conmigo. No dudes nunca de que la experiencia es un grado. No rechaces nunca un buen consejo y no desprecies a nadie, aunque sean o parezcan viejos e ignorantes, recuerda siempre que «incluso un reloj roto o parado acierta la hora dos veces al día.» Tu familia es siempre lo más importante, por eso es con ella con quien debes ser más leal, honesto y sincero, incluso, a veces más duro. Lo cual no te dará buena prensa, pero has de hacerlo porque es lo correcto. A las mujeres trátalas con respeto y con cariño. Ellas pueden hundirte la vida, pero también, y sobre todo, te la pueden salvar… Y un último favor hijo. Lee. Lee todo lo que puedas y más. Nuestro paso por este mundo es muy corto y leer nos ayuda a vivir la vida con plenitud. Leer nos permite vivir otras vidas además de la nuestra. Multiplica el alma… Yo, modestamente, me estoy currando una biblioteca. De momento todavía es menuda. Pero cuando vayas a heredarla lo será menos, seguro.

A mi hijo Paolo.

Somewhere in South Africa

Sir Lucky Dube

¡One Love!

P.D.: Hijo mío, esta carta, en realidad, no es más que una manera que decirte que te quiero y que siento mucho no poder estar ahí, para ser y ejercer de padre.

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