Crónica de agosto
Por Antonio MBILE AKENG
PARTIDO PESIMISTA

“Instrúyanse, porque necesitaremos de toda nuestra inteligencia; Conmuévanse, porque necesitaremos todo nuestro entusiasmo; Organícense, porque necesitaremos de toda nuestra fuerza.» —Antonio Gramsci, L’Ordine Nuovo.

Trece años habían pasado desde la última vez que estuve en Malabo. Trece largos años. Recuerdo que cuando se detuvo el avión tras el aterrizaje hice amago de santiguar, pero el gesto enseguida quedó reprimido por un agnosticismo que no terminaba de ceder ante la emoción que me invadía. Y al asomar por la puerta del avión, casi instintivamente, busqué con la mirada una imagen con la que había soñado en incontables ocasiones: la silueta del pico Basilé presidiendo, majestuoso, toda la isla a sus pies.

A modo de broma íntima, pensé que el régimen había tenido el detalle de no mover de su sitio la montaña que, al menos en mi cabeza, había sido el telón de fondo de las vicisitudes de mi infancia y adolescencia. Luego llegó el encuentro con la añorada familia, y con una ciudad de la que nunca me fui del todo. Ya estaba en casa… Encontrarme con tantos de mis seres queridos produjo en mí un reconfortante sentimiento identitario, la certeza de saberme en ’mi sitio’, y la sensación de formar parte de algo más grande que yo, de algo realmente trascendente. Comprobar, además, que a uno todavía lo recuerdan en los barrios que habitó de niño genera un cierto orgullo de pertenencia. Rilke tenía razón: “la verdadera patria del hombre es su infancia”.

Pero más allá de lo personal/familiar –o, quizá, entremezclado con ello–, resultó imposible no levantar la mirada para observar cuanto sucedía a mi alrededor, en un intento, siempre insuficiente, de tomar el pulso a la sociedad para tratar de comprender estados de ánimo, sentimientos dominantes, patrones de conducta, etc. Insisto en lo parcial y subjetivo de una mirada, la mía, condicionada por el poco tiempo que estuve y por la vasta geografía que quedó por abarcar, además de por mi limitada capacidad analítica. Con todo, percibí que la nuestra es una sociedad presa de una resignación tan profunda que raya la aceptación y asunción del actual estado de cosas. La consumación del proceso de alienación es evidente, pues una parte mayoritaria de la población ha asumido como propios los valores e intereses de la clase dominante.

El modus operandi de los detentores del poder en las últimas décadas tiene tal raigambre que incluso los más desfavorecidos se expresan, se comportan y, en el plano material, aspiran a poseer lo mismo que “sus jefes” sin apenas cuestionarse los medios para alcanzar tales fines. No digo que la mayoría de los ecuatoguineanos sean contumaces malevos alineados con el régimen, ni trato de dar a entender que seamos un pueblo irremediablemente corrupto, inmoral o displicente.

Lo que digo es que más de cuatro décadas de represión, sin apenas contestación, han generado una sociedad esencialmente miedosa y corrupta. Nos han engañado, reprimido y manipulado tantas veces que una mayoría de la población ha interiorizado la idea de que no es posible vivir de otra manera, y que, por tanto, no merece la pena –valga la redundancia– aventurarse en aventuras de cambio. Y la consecuencia natural de haber interiorizado tal idea es tratar de progresar y realizarse dentro del sistema ya establecido, lo cual exige la adhesión y la profusión de los valores y comportamientos de quienesgobiernan el sistema. Eso es, a mi juicio, lo que explica que el nuestro se haya convertido en un estado policial donde todos vigilan a todos, y todos se sienten vigilados por todos.

Eso explica también la falta de un elemental tejido social como consecuencia de una merma importante en la confianza de las personas, tanto individual como colectivamente. La falta de autoestima es, en efecto, un rasgo fácilmente identificable en nuestra sociedad. Por descontado, las carencias en sanidad, educación y otras necesidades básicas para la autorrealización de las personas y el desarrollo de los pueblos son una consecuencia del expolio de los gobernantes, pero también –y, quizá, sobre todo– de la nula capacidad de resistencia derivada del proceso de alienación antes comentado.

La conclusión subsiguiente, a mi modo de ver, es admitir o reconocer que sería muy poco realista vincular las esperanzas de cambio a un levantamiento popular que está muy lejos de producirse a corto plazo. Decía el sociólogo Jesús Ibáñez que “toda revolución es antes una gran conversación”; entendiendo por revolución –siempre en términos pacíficos– el momento o la situación en que las injusticias sociales se resuelven a favor de las mayorías; para que se produzca ese momento debe previamente producirse esa “gran conversación”, ese runrún previo, esa adquisición de consciencia colectiva que opere como nutriente principal del cambio o revolución venidera.

Por desgracia, hoy en día, esa situación no se da en Guinea Ecuatorial. No hay mimbres para ello. Incluso en el supuesto de que hubiera una mayoría con voluntad de cambio, las adversas condiciones materiales de dicha mayoría seguirían jugando a favor de la continuidad del régimen, ya que la gente está tan ocupada y preocupada en sobrevivir que apenas quedan energías para luchar. Esa es la perversa trampa en la que está atrapada la sociedad; como decían los clásicos: “primum vivere, deinde philosophari…”. En ese contexto, cabe decir en honor a la verdad, que la resistencia de los poquísimos hombres y mujeres que todavía resisten en el interior del país es realmente heroica.

Ante la desproporcionalidad de fuerzas entre los bandos en litigio –régimen vs oposición–, estos últimos se dedican básicamente a sobrevivir, con el riesgo de represión planeando permanentemente sobre ellos, con todavía menos posibilidades que el resto de procurar su sustento, y arriesgando la propia vida en nombre y beneficio de una sociedad, la nuestra, que no solo no los cobija, sino que, a menudo, los maltrata, los desprecia y los margina. Hoy, ellos son la razón para tener esperanza, pues su lucha y resistencia –junto con la de los compañeros en el exterior y la memoria de quienes lucharon en otro tiempo– es condición de posibilidad para que el nuestro algún día sea un país mejor.

Por otro lado, y con todo lo anteriormente dicho, en Guinea Ecuatorial también puede percibirse en estos momentos una sensación de final de época, como de estar viviendo la fase crepuscular de un tiempo que termina con la incertidumbre propia del futuro que todavía no es presente, que todavía es incierto. Esa sensación es, además, avivada por el hecho de que la eventual desaparición física del jefe del régimen es una realidad cada vez más cercana, por razones obvias. Y por razones todavía más de obvias, el régimen trataría de llenar el vacío con una solución que permita su continuidad, posiblemente buscando sucesor entre la progenie del dictador. Ni siquiera los más ingenuos contemplan una apertura de derechos y libertades iniciada desde el régimen tras la muerte de su jefe. Y quienes albergan la esperanza de una eventual descomposición del régimen como consecuencia de una suerte de lucha fratricida entre sus integrantes, no debieran olvidar lo que la historia nos recuerda: y es que quienes han amasado tanta fortuna y concentrado tanto poder, luego harán cuanto deban para conservar tales privilegios; por lo que sería prudente asumir que las diferencias que pudieran separar a los integrantes del régimen se verían atenuadas por los intereses grupales que les unen, ya que tratarían de permanecer juntos para conservar lo amasado… Los pueblos, sin embargo, tienen que aprovechar las oportunidades que les brinda la historia para ganar sus libertades. Por eso considero que los actores involucrados en iniciativas de cambio y de lucha por las libertades en Guinea Ecuatorial deben esforzarse en reorientar su mirada para tratar de conectar sus objetivos y estrategias con la realidad del país.

Como decía antes, no es realista trabajar sobre la hipótesis de un levantamiento de las masas en el corto plazo, ni violento ni pacífico. Por lo que se hace necesario la existencia de organizaciones razonablemente organizadas –valga la repetición– y con gran capacidad de cooperación entre ellas; con gran capacidad de asumir la diversidad propia de toda sociedad, y las contradicciones propias de todo proceso de cambio.

Organizaciones encarnadas por personas (todo proyecto acaba siendo encabezado o liderado por unos pocos) de una solidez moral importante, porque su capacidad de ganarse el favor del pueblo dependerá más de lo que hagan, es decir, de su ejemplo, que de lo que digan que van a hacer. En definitiva, organizaciones y personas que finalmente entiendan que, si bien son necesarios los esfuerzos realizados fuera el país; el trabajo, la resistencia y la presencia en el interior del país son imprescindibles. Lo que está en disputa es el poder, y éste se ejerce sobre un territorio delimitado; es fácil, pues, concluir que quien está fuera del territorio tiene menos opciones de ganar.

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