Wenceslao Mansogo, in memoriam.

Wenceslao Mansogo, in memoriam.
Antonio MBILE AKENG
PARTIDO PESIMISTA

“El fallecimiento de Wenceslao Mansogo representa, quizá, la mayor pérdida de Guinea Ecuatorial en los últimos 45 años.»

—Alfredo Okenve.

Supe de Wenceslao Mansogo en noviembre de 2013, escuchando el programa Hora 25 de la Cadena Ser, entonces dirigido por Àngels Barceló. En su intervención criticó que la Selección Española de Fútbol disputase un partido amistoso en Guinea Ecuatorial frente al Nzalang Nacional, arguyendo que dicho evento concedía carta de naturaleza al régimen en plaza, mediante blanqueo y legitimación. Años después le conocí personalmente. Fue de casualidad, a la salida de una estación de metro en Madrid; me acerqué a saludar, le agradecí por su lucha y le conté que le había escuchado hablar años atrás en la radio. Sin conocerme de nada, tuvo el detalle de conversar conmigo un rato sobre la situación del país y esas cosas. Tiempo después, también en Madrid, con motivo del 50º aniversario de

la Independencia, coincidimos en un evento organizado por la UNED; y un año más tarde asistí a una ponencia suya, en Barcelona, sobre los DDHH en Guinea. No puedo decir, por tanto, que le conocía bien. No fue el caso. Pero algunas personas que destacan por su ejemplo trascienden su círculo familiar para convertirse en patrimonio de la sociedad.

Estos días, tras la noticia de su fallecimiento, se han sucedido testimonios de gente que sí tuvo el privilegio de conocerle. Todos destacan sus logros académicos y su solvencia intelectual; su trabajo como profesor universitario; el desempeño del dirigente y activista político que no entendía la política separada de la ética, que asumió como propia la defensa de los DDHH en el país, presentando informes que denunciaban su violación sistemática ante la ONU durante casi una década. Destacan al luchador que resistió con heroico coraje lustros enteros de torturas, persecución y vejaciones; al compañero que, sabedor de lo que supone ser preso político, acudía a la cárcel cuando otro compañero de lucha caía en desgracia, sin preguntar por carnés de partido y haciendo gala del raro talento de ayudar por encima de discrepancias ideológicas o filiaciones políticas. Pero, sobre todo, los testimonios vertidos durante estos días destacan la calidad humana de un hombre para quien su profesión, la medicina, fue una herramienta para servir a su pueblo, principalmente en ginecología y obstetricia, incluso cuando ese pueblo le correspondía, como acostumbra, con desprecio y marginación. .. Dicen los que saben, que se cuentan por cientos los niños que el Dr. Mansogo ayudó a traer al mundo. Y esta semana, dos o tres personas cercanas a él, me han manifestado que, a su juicio, su muerte supone la mayor pérdida de nuestra sociedad desde el golpe del ‘79. En todo caso, es claro que los que le conocieron bien son quienes mejor pueden calibrar la pérdida, pero tengo la impresión de que incluso los que no le conocimos tanto alojamos cierta sensación de vacío, de vulnerabilidad, de haber perdido a uno de los nuestros.

“Este país ha perdido a demasiada gente válida, que después de tanta lucha han muerto sin apenas ver los frutos de aquello por lo que lucharon. Ha ocurrido demasiadas veces, con varias generaciones. A mi edad, quizá lo único que me queda es transmitir algo de esperanza. Por eso a los más jóvenes les digo que, sí pueden, participen en la lucha, pero que no olviden que su primera obligación es sobrevivir, porque alguien tendrá que reconstruir ese país algún día. Y si se derrama más sangre, que sea, al menos, sobre tierra fértil… ” Estas palabras las he escuchado muchas veces al maestro Jose Luis Nvumba (algunos le llamamos maestro cuando no nos oye). Estos días pienso en la reflexión que encierran esas palabras; albergando, quizá, en algún rincón de mi interior, la secreta esperanza de que la muerte de alguien tan querido y admirado como Wenceslao Mansogo podría operar como detonante de una reacción popular en el país. No se trata, claro está, de un pensamiento racional, sino una ilusión fugaz, un deseo que linda más con la fe que con la ciencia, producto de la rabia y la tristeza. La realidad es tozuda, y por enésima vez, todo quedará en nada. Nuestro país tiene una larga tradición de no abrigar –mientras viven– y de olvidar –cuando fallecen– a sus mejores hombres. Es casi una constante histórica.

Quienes le conocieron subrayan su personalidad aguerrida, la firmeza de sus convicciones y la solidez de sus principios; hablan de la generosidad de quien cambió la certidumbre de un puesto de trabajo en una sociedad burguesa –ejerció varios años como médico en Francia– por la vocación de servir, contribuir y realizarse en la tierra que le era propia, a pesar la incertidumbre. Quienes le conocieron dicen que pese al sufrimiento al que fue sometido tantas veces nunca perdió la sonrisa, ni una forma de ser que permitía que otros se sintieran reconfortados a su lado. Quizá por eso los que seguimos en este mundo debemos seguir trabajando para que la Guinea por la que tantos hombres buenos arriesgaron la hacienda y la vida sea un día una realidad. Quizá un día, cuando otras

generaciones de guineanos vuelvan la mirada al pasado en busca de explicaciones para su presente, encuentren, entre otros, a un hombre que, a pesar de sus contradicciones como humano, tuvo un sueño, peleó por una esperanza y trató de transmitir algo a los le sucedieron. Quizá quede algo de él en nosotros… un pálido recuerdo que vale más que un monumento. Quizá alguien escriba un libro, o un himno, o una poesía. Tal vez quede la esperanza humana realizándose en nuevas generaciones. Quizá quede la secreta esperanza de que la sangre del Dr. Wenceslao Mansogo, esta vez sí, caiga en tierra fértil.

Que la tierra le sea leve

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