Bajo el silencio de la selva y entre los lujos faraónicos de la ciudad fantasma de la Paz en Oyala, hoy se vivirá una escena que parece sacada de una obra de teatro. Las más altas autoridades del país, con Teodoro Obiang Nguema a la cabeza, se reúnen a las once de la mañana para colocar la primera piedra de un flamante laboratorio de investigación científica. Todos los ministros, los parlamentarios y los senadores asistirán al acto con discursos bien ensayados, sonrisas de orgullo y la firme intención de aplaudir el supuesto esfuerzo del Gobierno por la salud y el progreso del pueblo.
Pero, por mucho que intenten maquillar la realidad con palabras bonitas, la verdad es terca, y esta ceremonia no es más que el reflejo de un gigantesco ejercicio de amnesia colectiva.
Hace apenas unas semanas, es decir, el 30 de agosto de 2026, el Vicepresidente de la República Encargado de la Defensa y Seguridad del Estado, Teodoro Nguema Obiang Mangue sacaba pecho en las redes sociales para amenazar con querellas y tribunales a todo aquel que se atreviera a llamarle corrupto. En su comunicado, exigía pruebas, aseguraba que su inmensa fortuna proviene de negocios privados limpios y se declaraba víctima de una campaña de mentiras para destruir su reputación.
Sin embargo, no hace falta buscar en internet chismes ni acusaciones inventadas para desmontar su discurso; basta con recordar dónde terminaron aquellos emblemáticos coches de lujo que acapararon las portadas del mundo entero.
Los coches de lujo que acabaron financiando el laboratorio
La historia de ese dinero tiene nombres y apellidos que Suiza conoce muy bien, y que por supuesto jamás habrían investigado los tribunales de Guinea Ecuatorial. Fue la Fiscalía de Ginebra la que, tras una larga investigación por blanqueo de dinero y abusos de poder, le incautó a Teodorín una flota de 25 vehículos de alta gama que parecían sacados de una película de Hollywood: un Bugatti Veyron, varios Ferrari —incluido un exclusivo Ferrari Enzo—, un Porsche 918 Spyder, un Lamborghini Veneno, un McLaren P1, un Koenigsegg y un Aston Martin, entre otros caprichos multimillonarios que simbolizaron el saqueo ante los ojos de la comunidad internacional.
Aquellos superdeportivos fueron finalmente subastados y convertidos en una masa de capital que la justicia europea obligó a devolver al pueblo de Guinea Ecuatorial. De aquella incautación provienen exactamente los 22,8 millones de francos suizos —una monumental cifra que supera los 15.800 millones de francos CFA— que ahora financian la construcción de este laboratorio en Oyala.
Para que no quedara ni rastro de la opacidad habitual, el acuerdo de restitución firmado el pasado 29 de septiembre de 2025 por el entonces embajador Juan Ndong Nguema estableció supuestamente que ni un solo céntimo pasará por las manos de Teodoro Nguema Obiang Mangue, encomendando la obra a la empresa FACO Construction, fundada por Hans Fahrni y con sede en Libreville (Gabón), bajo la supervisión teórica del Instituto Suizo de Salud Pública (Swiss TPH) y la unidad técnica UnMi.
Los controles suizos y el circuito que vuelve al poder
Sin embargo, pretender que los controles suizos son un escudo impenetrable contra el clan de los Esangui y Obuk es ignorar cómo opera el sistema en Guinea Ecuatorial. Por mucho que se intente blindar el proceso, los Obiang siempre encuentran fórmulas para que el dinero, de una u otra forma, vuelva a sus manos y beneficie sus negocios particulares.
Ahí está la prueba en las mismas entrañas del proyecto: los trabajos previos de limpieza y acondicionamiento del terreno donde hoy se levanta la obra fueron adjudicados a Sogea, una constructora fuertemente vinculada a los intereses y redes de la familia presidencial.
Por si fuera poco, toda la delegación internacional y los técnicos suizos que acuden al evento se hospedan en hoteles de lujo de la zona que son propiedad de Abayak SA y que fueron levantados y financiados originalmente con fondos del Estado. Al final, el negocio se cierra en casa: los fondos devuelven la fachada de legalidad, pero el circuito económico vuelve a alimentar las cuentas del poder.
Por eso resulta tan impactante ver cómo los mismos cargos públicos que aplauden hoy en Oyala están celebrando una obra pagada íntegramente con el dinero de los coches de lujo que la justicia internacional le arrebató a Teodorín.
Ningún tuit amenazante ni ningún comunicado oficial podrá borrar jamás la verdad de los hechos: este laboratorio no es un regalo de la generosidad gubernamental, sino el recordatorio físico para la historia de una fortuna mal habida que Europa obligó a devolver a la fuerza, y cuyas rendijas de control siguen siendo explotadas por los mismos de siempre.
Hoy, mientras se lean los discursos bajo el sol de Oyala, el asfalto y los cimientos recordarán a todo el país de dónde salió realmente el dinero y quién se sigue beneficiando de su sombra.